domingo 14 de febrero de 2010

CAPÍTULO 4: LA OSCURIDAD

Noviembre de 1902. A Albert Piñol le agradaba los mensajes con tono dramático, llenos de sentimiento y afectación: “… Por largo tiempo has morado en oscuridad. Te llamamos a la belleza y a la vida. No seas cómplice de un mundo que muere. Abandona la noche y busca el día…” En los últimos años se había convertido en un ocultista de gran talento. Tenía muchos matices del anarquismo mágico de Crowley. Agnés le decía siempre a su querido primo Oriol que Albert estaba hechizado al igual que el resto de congregantes, la mayoría músicos, actores y pintores, con las nuevas tendencias que estaban llegando a Barcelona. La Nueva Orden Hermética de los Portadores de Luz era de doctrina luciferina. Proclamaban la Verdad alejada de las mentiras interesadas y las posturas dogmáticas, intolerantes.

Cada individuo, cada persona, necesitaba decidir de forma cósmica y global de que lado estaba. Llegaban los tiempos en que el Portador de Luz saldría de la incomprensión e ignorancia popular. La denigración, las malas interpretaciones y la incomprensión daría lugar a un nuevo espacio. El Lucero traería un fresco periodo. Un ciclo con nuevas formas y apariencias.

Por fin la humanidad alcanzaría el verdadero conocimiento: Que aquel Querubín había actuado por amor a las personas, enseñándoles el mayor secreto de su propia evolución. Dejarían de relacionarlo con el Mal y descubrirían la libertad para pensar, para vivir.

¿Y aquella burla, aquella ironía?:

¡Cómo caíste del cielo,

lucero del amanecer!

Fuiste derribado al suelo,

tú que vencías a las naciones. Pensabas para tus adentros:

‘Voy a subir hasta el cielo;

voy a poner mi trono

sobre las estrellas de Dios;

voy a sentarme allá lejos en el norte,

en el monte donde los dioses se reunen. Subiré más allá de las nubes más altas;

seré como el Altísimo’.

Pero en realidad has bajado al reino de la muerte,

a lo más hondo del abismo!

¡Por fin se reconocería la necesidad del aquel enfrentamiento con el Creador! Venían tiempos en que, de una manera definitiva, a la humanidad no se le negaría su principal facultad: la sabiduría, la libertad para discernir. Por amor, y aún teniendo la razón, había sido exiliado; ¡él que en esencia era la misma Humanidad!, sus sueños, sus sentidos y su mente. Hubiera podido llevar a los pueblos y etnias a la cuarta dimensión. De ahí tanta saña, inquina y ferocidad.

***********

Fue doloroso y amargo.

Tanto para Anxo como para mi resultaba repulsivo. Tener la oportunidad de leer los últimos pensamientos de Pol durante su cautiverio era aterrador y al mismo tiempo era imprescindible para mi conocer sus últimos recuerdos.

Cuando entraba en su habitación y contemplaba sus cosas favoritas, su guitarra Ibánez Art 120-WH, era una experiencia dura y agotadora. Pero recibir aquel escrito de su propia mano, con sus impresiones, recuerdos, temores y despedida, era cruel. Atrocidad que yo también imputaba al Monstruo.

Descubrir que en aquellas pocas horas de vida se sentía rodeado de negrura y confusión no me aliviaba. Más bien hacía que creciese en mi el deseo de revancha y yo sabía a quien quería incriminar.

“... tengo miedo. Creo que tengo fiebre, me encuentro mal. No se dónde estoy, pero sólo pienso en salir de aquí... pero ¿y si me vuelven a capturar? El hombre que me obligó a subir al coche es fuerte y bruto, no quiero que vuelva. No se que hacer, no entiendo lo que está pasando. Papá ¿vendrás a buscarme?...”

Desconozco porqué Pol, durante su cautiverio, tenía material para escribir. Tal vez sus captores se lo proporcionaron; la otra posibilidad es que hubiera podido esconderlo en algún momento del rapto, sin el conocimiento de sus raptores. Eso ya no importaba.

No me consolaba pensar que el hecho de poder escribir en la soledad le hubiese aliviado; aunque deseaba que hubiera sido así. De lo que estaba seguro y compartía con los pensamientos de Pol en su último escrito, es que los niños son el futuro del mundo. Pero qué futuro ¿corrupción, angustia y malicia? Los niños deben de significar el fruto de la alegría, la ternura, la inocencia y la solidaridad. Deberían significar el desarrollo de un mundo en el que todos crean en su interior de que estamos juntos, con un mismo destino, y que no podemos perder el tiempo con cochambre.

En estos momentos Pol era parte del desecho. Ya no tendría la oportunidad de ser, junto con su generación, de los que vivían sin basura. Un terrible desperdicio para todos. Nunca más realizaría tarea ni cometido. Le había arrancado esa posibilidad.

Toda pérdida de libertad tiene miasma. La hediondez delata cualquier intento de camuflar el hedor. No hay justificación posible. Yo había sentido la tufarada pentilente desde el principio y no había errado, para desdicha de todos los que amábamos. Era un rastro que a modo de señal yo seguiría hasta dar con el padre de la aberración. No se podía enmascarar con un “pórtate bien que no te pasará nada”.

En su último escrito Pol me enseñó que la lobreguez y la opacidad no son insípidas. Tienen gusto a lágrimas; a sollozo. El paladar se queda trastornado para siempre.

***********

Para Albert Piñol la única regla es que no había reglas. Cualquier rito, ceremonia, conocimiento o sistema era válido si ayudaba a la consecución de la voluntad de La Luz. ¿Para qué tantas restricciones? ¿de qué sería tanta complejidad? Estar apegado a técnicas innecesarias sólo servía para perder tiempo y energía innecesarios. Los sistemas ortodoxos, llenos de una ética innecesaria eran un retraso absurdo; era indispensable evitarlos y servirse de aquello que permitía que a La Nueva Orden Hermética de los Portadores de Luz servir a la voluntad del Lucero.

Deliberadamente Piñol estaba en un proceso de alejamiento y frialdad de lo que había ido aprendiendo hasta el momento actual. La cultura y el conocimiento adquiridos no eran garantía de que fuesen útiles al Querubín.

“...La realidad en la que hemos sido educados ha sido consensuada para limitarnos en lo social, en lo cultural y en todo potencial creativo. Nuestra libertad personal ha sido mermada por nuestros padres, maestros y amigos. Todos ellos nos han quitado la verdadera capacidad de elección de nuestro destino. Necesitamos recuperar nuestros propios deseos...”

Albert estaba totalmente convencido de que ahora estaba en una buena dirección. Junto con su fiel amigo Juan Aizpurua estaba dispuesto a llevar a la Humanidad a una dimensión real y verdadera.

“... los parámetros sociales y los paradigmas culturales son basura a desechar. Nada es verdad y todo está permitido. Nuestras creencias y prácticas actuales no son un fin ¡son un medio! Es el estado actual me nuestras mentes, pero nada más. Lo que es más grande que nosotros mismos son los resultados. Tomad cualquier creencia que os sea útil en un momento determinado, utilizarla y luego abandonarla, una vez exprimida toda su validez. Las creencias no deben de ser adoptadas como algo firme. Deben de ayudar a nuestro desarrollo personal y no limitarlo. Nuestro desarrollo personal es la Voluntad...”

Los miembros de la Orden Hermética de los Portadores de Luz eran parte de algo más grande que una simple hermandad secreta. Albert y Juan estaban definiendo por medio de los sentidos, especialmente por medio de la vista y el oído que todos los componentes de la Orden percibiesen un sistema moral, una especie de forma de vida. Habían jurado cumplir con el propósito de la congregación de devotos.

Albert Piñol y Juan Aizpurua comenzaban a ser invitados como ponentes a distintos centros culturales, tertulias de debates y gremios. Pertenecer a la Orden era difícil de explicar, pero querían mostrar públicamente que no se trataba de una religión. No se le decía a nadie lo que tenía que creer; no obstante los miembros tenía que creer en la grandeza, materialidad y sustantibilidad del Lucero como Ser Supremo y Hacedor de la Humanidad en toda su esencia y sustancia.

Tampoco se decía en las reuniones privadas la opinión de debían de tener sobre cualquier otro tema. Lo que debiera de estar claro en todo momento era si era útil a los propósitos del Magnífico Querubin.

Las conferencia públicas a las que asistían como invitados el mensaje era benefactor y difícil de discutir. En la sala Áurea del Hotel Corona de Barcelona, recientemente inaugurado con elegancia modernista, la conferencia dada por Albert Piñol, fue inapelable, firme y de obligatorio cumplimiento para todo ciudadano de bien. También aquel edificio, con la calidad de sus interiores en mármol, muebles importados de distintas partes del mundo, daban a la conferencia una atmósfera benefactora, de altos niveles de moralidad y de consideración del prójimo como igual.

La oratoria fue brillante:

..."Buscar la paz es la propuesta. Vivimos en un mundo donde, de una manera ingenua, creemos que las ciencia y la tecnología no tiene límites. Hay una creencia generalizada que nos lleva, erróneamente, a la conclusión de que es sólo cuestión de tiempo que la ciencia abarque todo el conocimiento y traiga a la luz todos los secretos y toda la sabiduría.


Pero hay algo que es más grande que todas las cosas que una persona puede comprender, la paz: "...Así Dios os dará su paz que es más grande que todo cuanto el hombre puede comprender; y esa paz guardará vuestro corazón y vuestros pensamientos...

En nuestro mundo tecnológico, científico y lógico hay cosas más grandes que la ciencia. La paz es más grande que la ciencia, más grande que las matemáticas, más grande que la filosofía y más grande que la psicología. Todavía en nuestro mundo la tristeza sigue siendo tristeza, la alegría sigue siendo alegría y la paz es lo más grande que podemos alcanzar. Hay que reconocer que hay algo valioso en esta vida: conocer el camino de la paz. Debiéramos de amoldarnos y convertirnos en algo que pueda ser llevado y transportado por el Maestro. ¿Quieres hacer algo trascendente con tu vida? Busca la paz y síguela; se un activista de la paz...”

Un buen ejemplo de la imagen pública de la Orden. Pero existía sin duda alguna un aspecto más oculto de la hermandad. Cabía preguntarse qué era la Orden Hermética de los Portadores de Luz, qué sucedía en su interior y cuál era la voluntad del Lucero.

Juan Aizpurua no se quedaba en la retaguardia a la hora de la imagen pública de la Orden y su incuestionable anuncio:

"…El alfarero tiene el poder de hacer lo que quiera con el barro, y de un mismo barro puede hacer una vasija para uso especial y otra para uso común…

La clave de nuestra existencia no radica en que simplemente tenemos vida, sino en el hecho de que hemos sido creados para algo, con un propósito.

Hay en nuestro interior un deseo ardiente de hacer algo trascendente. Es un sueño que no debemos de abandonar nunca. Muchos rostros trasmiten lo que ya ha sucedido en el silencio del interior de la persona que tenemos frente a nosotros: ha dejado de seguir su destino. Son miradas tristes, algunas duras; otras de angustia e incluso agresivas. No importan cuál sea la manifestación exterior. Cuando dejamos de perseguir nuestro destino vivimos a la defensiva. Toda dureza, agresividad, malas formas, burla, crítica destructiva etc., no son más que un acto de defensa, tal vez cruel, pero de auto-protección.

Hemos sido hechos para algo. Cuando vemos una vasija antigua, en un museo, en una excavación arqueológica o en una casa antigua en el campo; percibimos rápidamente que además del arte y la creatividad del alfarero, allí hay un objeto que fue creado con un propósito. Una vasija tiene un destino: fue hecha para algo. Esto lo percibimos sin palabras, sin manuales de instrucciones complicados. Ese objeto que estamos observando fue creado para contener algo. Un alfarero tomó la arcilla y comenzó a darle forma y aunque no podamos conocerle nunca ya sabemos que en algún momento de su vida tenía una idea, una imagen en su mente que sus manos se encargaron de darle forma.

Puede que la vasija fuese muy hermosa, original y exclusiva. Pero esto no era lo importante. Lo que realmente importaba era el propósito con el que estaba siendo creada.

Sabemos, por lo tanto que esa vasija de barro fue creada con mucho arte y cariño, porque existía una necesidad real. Había en el mercado una demanda para vasijas como esa que estamos viendo, y fue vendida o regalada porque tenía un valor. Era útil para algo.

Ahora la pregunta es: ¿Para qué he sido creado yo? Podeos tener una vida muy activa; una experiencia profesional abundante y satisfactoria. Podemos viajar a muchos países y que nuestras experiencias sean de lo más enriquecedoras, pero la pregunta clave puede no haber sido respondida. No parece razonable que seamos fruto de la casualidad, sino más bien de causalidad. Hay un propósito, hay un destino. Hemos sido creados para algo..”

Era agosto de 1903. Hacía calor en Barcelona. En la calle de les Carretes hubo un escándalo que agitó brevemente a la Orden, no estando ésta libre de la polémica; posiblemente la mayor en la que estaría involucarad durante mucho tiempo.

Un aprendiz del gremio de fabricantes textiles apareció asesinado al mismo tiempo que su padre, llamado Antonio Vazquez, desapareción sin dejar rastro. Las primeras sospechas señalaban a que era una acción politica de violencia individualista. Rápidamente la Orden comenzo a ser señalada en el presentimiento y recelo popular. La aprensión de que la hermandad estaba involucrada se veía reforzada por el hecho de que Antonio Vazquez había manifestado su decepción con la Orden, estando dispuesto a desvelar publicamente los secretos de la organización.

Añadir también que la indignación de Albert Piñol había alcanzado a la rumología callejera, fundando así más aún las suspicacias populares. Muchos hermanos consideraban la actitud de Antonio como agresiva e injustificada. Siendo ésta actitud mas suave, propiciada secretamente por Juan Aizpurua, creció una segunda versión de que le habían acompañado a la frontera francesa, dándole una cantidad de dinero no determinada, y le habían ordenado que no volviese a Barcelona, ni tan siquiera para recoger a su familia.

Los rumores se propagaron por todo el país, hubo protestas generalizadas y tres miembros de la Orden fueron acusados formalmente de haber amenazado a Antonio Vazquez y a su familia. Finalmente no hubo pruebas para ser inculpados por la desaparición y nadie fue acusado del asesinado hijo de Antonio.

Continuó la actividad de la Orden, con sus actividades de expansión constante. Los hechos sombríos fueron superados con obras sociales benéficas y conferencias benefactoras.

Internamente continuaron con su reservado mundo de ritos, propósitos, signos y planes de dar a conocer la verdadera historia del Lucero. Lo que sucedía y se guardaba a puerta cerrada era motivo de curiosidad para los que no tenían membresía.

domingo 26 de julio de 2009

CAPITULO 3: LA UNIVERSALIDAD

“… pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mi, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes…” Lucas 22:32.


La estancia era realmente acogedora y cálida. En origen no había sido diseñada como sala de exposiciones ni como mentidero, sino como lugar donde laborar. Y eso era a lo que ahora estaba dedicado. Estaba situado en la calle Om número ocho de Barcelona. La puerta de entrada estaba escorada hacia el lado izquierdo de la fachada de piedra. Al entrar se encontraba un espacio diáfano dividido en dos estancias sólo separadas por un medio muro y comunicadas por un hueco sin puerta. Con un solo vistazo el invitado podía contemplar las obras allí expuestas y hacerse una situación de lugar, de manera que todo el espacio y toda aquella atmósfera parecían dar la bienvenida y hacer que los asistentes estuviesen cómodos, en un lugar agradable.

En el primer espacio había algunos cuadros, ya terminados, en exposición; también a la venta, si alguien deseaba adquirirlos directamente al autor. En el segundo ambiente había cuadros de temas variados, alguna serie temática dedicada a la mujer y otra a una librería de Girona cuya dueña era una luchadora por las libertades y la igualdad.

También había una tabla sobre un caballete de madera, que poseía un cierto aspecto antiguo, como envejecido, en la que se percibía que se estaba todavía trabajando y que tenía escrito caracteres inteligibles para la mayoría. Era hebreo.

Anxo y yo éramos afectos parroquianos de aquel lugar. Las tertulias de los jueves a las dieciocho horas eran para nosotros un espacio benefactor y de equilibrio, intelectual y emocional. Nuestro amigo y anfitrión sólo ponía dos condiciones ineludibles, y una tercera voluntaria: No hablar sobre política de partido, ni defender colores concretos de equipo de fútbol alguno. Sobre política desde un punto de vista del ciudadano y sobre el fútbol como arte y estrategia se hablaba habitualmente. La tercera es muy simple; el que lo deseaba y se sentía generoso podía aportar alguna vianda, algún manjar acompañado de cualquier jugo, néctar o elixir.

No era complicado estar allí. Había un espíritu de compañerismo, cosmopolita; de universalidad y aceptación. Era el día y la hora; y cuando llegamos fue motivo de alegría encontrarnos allí con la mayoría habitual. Era estupendo.

José nos dio la bienvenida con un breve anuncio:


- Ya estamos todos. Estábamos pendientes de una nueva tertuliana. Una cirujana cardiaca. Pero parece que no a poder asistir, en esta ocasión.

José García Santoral era un pintor autodidacta. Su estudio olía a acuarela, óleo y aguarrás; como debía ser. Era el autor no sólo de las obras allí expuestas, sino también el promotor de aquellos magníficos encuentros.

Su aspecto era grato; barba recortada, canosa, como de viejo lobo de mar, curtido en cuerpo y mente; cabello recogido con una goma elástica desde el arranque del pelo era lo que le daba un aspecto poco convencional y bohemio.

Contuvo la respiración y se sentó en uno de los viejos sofás que, en el entorno que estábamos, parecían más sofisticados y adecuados de lo que realmente eran. En otro entorno serían un mueble viejo. En el santuario que estábamos se juzgaban como trasnochados por sus años y diseño; al mismo tiempo que actuales por eternamente elegantes y distinguidos.


- Hoy estoy especialmente cansado -continuó- Los ancianos tenemos que dormir bien - lo decía con ironía.

- ¿Quieres un café? - comentó Anxo, mientras se servía una taza.

- Prefiero un vasito de ratafía. Es de Besalú. ¿Alguien más quiere?

Carlos y Mariona contestaron al unísono.

- Si, yo también quiero.

Mariona Rojas era escultora. Su obra era muy mediterránea, alejada del los estilos clásico y renacentista; llena de guiños a la vida y abundante en figuras femeninas delgadas y de alta silueta. La mayoría concordábamos que eran un fiel reflejo de ella misma. Incluso parecían ser personajes con la eminencia, carácter y notabilidad de su creadora. Su dieta pitagórica era la punta del iceberg, resultado de una filosofía de vida con una base mucho más amplia. Le honraba ser coherente consigo misma y al mismo tiempo no ser invasiva ni militante con las personas con las que se relacionaba. Huía del proselitismo.

La actividad profesional de Carlos Duque era la de comercio detallista, en el ramo de alimentación. Pero para nosotros, el resto de los contertulios, Carlos era un filósofo, un sabio. Tenía una actitud lenta que le sustentaba en todas sus facetas. Entendía la lentitud, no como una idea asociada a valores negativos, torpes o poco productivos; sino como un valor positivo, beneficioso, lleno de creatividad y sabiduría. No tomaba decisiones impulsivas. No asociaba su vida a la velocidad vertiginosa a la que los demás estábamos acostumbrados. Su rostro lo certificaba.

Ambos se sirvieron un pequeño vaso de ratafía que desprendía aroma a limón, clavo, nuez moscada y canela. Yo, en aquella ocasión, opté por un vaso de sidra fresca, de confección artesana.


- Oriol, he leído el ensayo que me has enviado hace meses por correo electrónico. Se lo he enviado a Carlos.

- Si, yo nunca había imaginado que de un matemático se podía aprender cuestiones tan filosóficas - dijo Carlos, mientras degustaba la ratafía, sin rendir culto a la velocidad.

- No lo he leído - comentó José

- Es interesante, José - comentó Anxo. Te libera de la rigidez de la doctrina y la verdad como concepto opresivo y arrojadizo.

Mariona siguió comentando, como para informar a José y darle la máxima información de la que ella disponía:


- La idea es que en todo pensamiento hay aseveraciones cuya verdad o falsedad no vamos a poder demostrar.

- Interesante.

- Cualquier sistema de pensamiento - continuó Mariona- es incompleto, y si el sistema es completo, entonces es inconsistente.

Carlos añadió:

- Imaginemos las consecuencias que tiene una afirmación así para el conocimiento humano, la política, la economía etc.

- En principio le quita toda arrogancia a cualquier sistema de pensamiento - comenté.

- Obliga a bajar de su torre de marfil - dijo Anxo - a cualquier pensamiento dogmático, que promulgue tener todas las respuestas.

- Incluyendo a la religión - dijo José.

- Incluyendo a la religión, política o filosofía. Cualquier pensamiento excluyente, poco humilde y altivo - añadió Mariona.

- Me gusta, es otra forma de ralentizar la vida.

- Lo es, Carlos.

Nos quedamos en silencio durante un rato. Meditando en lo que habíamos hablado y sus implicaciones. Yo estaba pensando como afectaba a mi fe personal. Había sido un sistema rígido de pensamiento durante muchos años. En los últimos tiempos, debido a los tristes acontecimientos que me había tocado vivir, esa misma rigidez acaba por hacerme daño. Pensar que la verdad estaba en un plano superior al de un sistema lleno de aseveraciones con apariencia de estar siempre perfectamente definidas, me consola y me ayudaba a ver estas afirmaciones con la perspectiva de que no debía de aceptarlas todas ellas como verdaderas, ni rechazarlas como falsas.

- El no tener que vivir con una certeza absoluta me libera - dije al fin - me quita un peso que ya no podía llevar.

- Jesús hablo sobre este asunto ¿no, Oriol? Habló sobre “los que atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás”.

- Entonces que podemos decir que las filosofías y las religiones - dijo José - como parten de unos principios y verdades básicas, tratando de dar explicación de la vida y la existencia; también están sujetas a estas limitaciones que estáis señalando.

- Eso creo yo - dijo Anxo.

- Insisto. A mi me libera, en lugar de hacer que dude.

La sola idea de que el pensamiento religioso, cualquiera que fuese su complejidad, resultaba incompleto me llenada de libertad. Me daba vida. Que la fe contuviese aforismos verdaderos que no podía demostrar como tales, por mucho que se ampliasen con verdades adicionales me excarcelaba. Me daba autonomía y la emancipación que había necesitado durante años.

Carlos, como volviendo en si dijo:

- Pero hay cosas que en palabras no pueden definirse totalmente. Es imposible.

- Pero entonces entran en el campo de la espiritualidad y es mejor verlas en silencio, como dejándolas pasar; sin pretender tener todas las respuestas – lo dije sin estar seguro de estar expresándome y comunicándome coherentemente, pero convencido de lo que quería decir.

- Esto se acerca al misticismo Zen.

- No es mi intención, Mariona.

De lo que yo estaba seguro es que había cosas que no tenían explicación razonable. Puede que la ciencia tuviese respuestas a muchas preguntas. Pero mi vida había sido tocada. No había una respuesta justa. En la desaparición, secuestro y muerte de Pol, ya no me quedaban más preguntas que hacer. Sólo me faltaban las respuestas. El problema desaparecería cuando pudiese ver la cara del autor intelectual de aquel exceso. ¿Quién había encargado y ordenado algo tan espantoso contra el orden regular de la naturaleza? Para mí ya tenía un nombre propio: El Monstruo.

El ser mezquino que había sido la mano ejecutora del rapto ya había sido condenado. Era chusma, morralla. Pero no tenía la capacidad intelectual ni ejecutora para hacer una extirpación tan quirúrgica. El órgano que faltaba había sido extraído con algún fin que estaba dispuesto a averiguar.

El desecho estaba en la cárcel. Y aunque era infame, yo tenía dos certezas: que no conocía el plan posterior al rapto; y que alguien de mayor elite, más selecto, estaba en la trastienda aberrante de la deformación más atroz que había podido imaginar. De esta convicción nadie iba a moverme.

¿Puede haber algo peor para un padre? Que tu hijo vuelva a casa, muerto; con el corazón extraído, y dejando más preguntas que respuestas. No había perdón. No iba a haber olvido. La ofensa recibida no lo permitía.

La semilla de satisfacer el agravio y el daño recibido ya estaba bien arraigada. Había que ajustar y vindicar.

Hasta entonces siempre había pensado que había que perdonar. Tenía fe para ello. Ahora estaba convencido de que había asuntos imperdonables. Ofensas que eran imposibles de mesurar y valorar. No había razones ni argumentos suficientes. Ya no era una leyenda urbana, era un atentado con una vida cercana. No era una nota en algún rincón de un periódico. Era una utilización desconocida de la vida de un niño. ¿Había una red de tráfico de niños detrás? ¿Había sido utilizado Pol como mercancía humana para un posterior trasplante? ¿Es posible que alguien pise el mismo suelo que nosotros con semejante impunidad?

Tenía preguntas. Esperaba todas las respuestas. Resultaría penoso y fatigoso. Pero alguien iba a decirme cuánto había pagado por tan repugnante comercio.

Había intentado acallarme. Todo esfuerzo estaba cayendo en saco roto. Era como una conspiración de silencio. Aceptar que un hijo había sido sacrificado para un posterior trasplante era incomprensible, intolerante. Estaba decidido a ser intransigente.

Los contertulios se habían centrado en la explicación que José estaba haciendo sobre uno de sus cuadros. Se titulaba “Mi familia”. Era un cuado abstracto. José explicaba por qué aquellas formas geométricas y aquellos colores representaban a su familia; el carácter de cada uno de ellos y su aportación al núcleo familiar. Mariona vio a buscarme al rincón donde estaba contemplando con admiración la tabla escrita en abyad hebreo.

- Vamos a poner un vídeo con una breve charla basada en un escrito de Joseph Newton. Me ha gustado. Se titula: Principios del Vacío.

Nos sentamos de nuevo en los sofás y conectamos el aparato:

“…Tienes el hábito de juntar objetos inútiles en este momento, creyendo que un día (no sabes cuando) podrás necesitarlos. Tienes el hábito de juntar dinero sólo para no gastarlo, pues piensas que en el futuro puede hacer falta.

Tienes el hábito de guardar ropa, zapatos, muebles, utensilios domésticos y otras cosas que ya no usas hace mucho tiempo.
¿Y dentro de ti? ¿Tienes el hábito de guardar lo que sientes, riñas, resentimientos, tristezas, miedos y pesos? ¡No lo hagas! pues es un reflejo de anti-prosperidad.


Es necesario crear un espacio, un vacío, para que las cosas nuevas lleguen a tu vida. Es necesario eliminar lo que es inútil en ti y en tu vida para que la prosperidad venga. Es la fuerza de ese vacío la que absorberá y atraerá todo lo que deseas. Mientras esté materialmente o emocionalmente cargado de cosas viejas e inútiles, no habrá espacio abierto para nuevas oportunidades.


Los bienes necesitan circular: limpia los cajones, los armarios, tu habitación, el garaje. Da lo que ya no uses. La actitud de guardar un montón de cosas inútiles amarra tu vida. No son los objetos guardados los que te estancan; sino el significado de la actitud de guardar. Cuando se guarda se considera la posibilidad de falta, de carencia. Es creer que mañana podrá faltar y que no tendrá medios para proveer para tus propias necesidades. Con esta actitud estás enviado dos mensajes a tu mente: Que tú no confías en el mañana y que crees que lo nuevo y lo mejor no son para ti ya que te alegras de guardar cosas viejas e inútiles. Lo mejor es deshacerse de lo que perdió color y brillo y deja entrar lo nuevo.

viernes 3 de julio de 2009

CAPÍTULO 2: LA TERNURA

Aquella ternura que iba a tener la ocasión de contemplar era embriagadora. Una escena como aquella adormecía y al mismo tiempo, una vez conocida la verdad, perturbaba. Anxo llegaría a perder el dominio de si mismo.
El anciano de aspecto entrañable se sentía tan unido a la niña que jugaba a su alrededor, que sería capaz de dar la vida por ella. Había desarrollado, por primera vez en su vida, sensibilidad para con un ser humano . Su nieta, dulce criatura, era y lo sería todo para siempre.
El hombre era alto. Vestido de forma impecable con un traje azul oscuro, como de protocolo. Las finas rayas de la tela armonizaban con las que también tenía el elegante sombrero Stetson de fieltro. Poseía una imagen cuidada con esmero y años de evolución. El bastón de madera de ébano y empuñadura de plata maciza, lo usaba por motivos estéticos. No lo necesitaba para caminar. Era parte de su imagen sofisticada que le agradaba proyectar. Sabía también que eso causaba un efecto deseado en las personas que le rodeaban y con las que se relacionaba.
Su actitud afectiva interior no se reducía a manifestaciones externas convencionales. También satisfacían las necesidades de ambos. Para la niña, aquella ternura, era un medio natural, seguro. Una atmósfera donde sociabilizarse. Para el anciano tenía un sentido más utilitarista. Era un bálsamo.
Aunque su conjunto era armonioso y apacible su interior era más volcánico. La dulzura podría convertirse instantáneamente en dureza y frialdad. Pero nunca con ella. Eso no. Ella sólo merecía toda su ternura, justificada por el amor que sentía por aquella alegre e inocente criatura. Podía sentirla en su totalidad, empatizar con ella. Era la única persona de toda la humanidad por la que podría renunciar y sacrificarse. Con ella hacía realidad el dicho bíblico: “… el que quiera venir en pos de mi, niéguese a si mismo…”
Toda aquella suavidad, delicadeza y calidez eran desconocidas para el resto de los mortales. De hecho había algo monstruoso en aquel hombre que estaba a punto de manifestarse. Pero no con ella. Eso no. Sus hijos habían conocido su dureza e inflexibilidad. Sus socios en los numerosos negocios sabían de su frialdad. Había vivido toda su larga vida atrincherado en la indiferencia y la insensibilidad. No necesitaba otra cosa. Ahora ya tenía su consuelo purificador, su ungüento.
La niña, Alma, era de reacciones divertidas. Una linda pelirroja de larga cabellera ondulada y llena de trencitas. Poseía un ingenio intelectual brillante y lleno de chispa. Sus posturas con los brazos, muecas y poses eran parte de de su capacidad para dar vida. Era benéfica, buena. Se podía decir que con su presencia, conversación y juegos, alimentaba.

Ramón Aizpurua Casaviella vivía en la calle Bonsuccés de Barcelona. Concretamente en la plaza del mismo nombre, en la confluencia de las calles de les Ramelleres, la calle Xuclá y la calle Elisabets.
Realmente era un lugar bien situado, cerca de Plaza Cataluña, bajando por las Ramblas, dirección al mar; segunda calle a la derecha.
El edificio, originalmente de estilo barroco, sólo conservaba una de las fachadas originales. Pertenecía a su familia desde el año 1650. Había sido redecorada por Antoni Ros i Güel en 1902. Y este aspecto era el que conservaba en la actualidad, claramente modernista en su conjunto. Había trabajado un equipo especializado en cristaleras y madera. De ahí la principal característica de la fachada principal, los múltiples mosaicos policromados realizados en el exquisito taller de Rigalt y Granell.
A Ramón Aizpurua le atraían las figuras simbólicas de los mosaicos. Algunas fácilmente interpretables, como la de aquella mujer recogiendo trigo. Otras de una simbología que le era ajena.
Otra de las características arquitectónicas del edificio familiar, por las que se sentía atraído Ramón Aizpurua, eran las puertas del edificio con su peculiar forma de arco, decoradas y enmarcadas de hierro forjado.
Estaba orgulloso de la reforma realizada por sus antepasados, después de generaciones habitando el edificio, había realizado una restauración completa al inmueble, que le había conferido solidez, esplendor y aquel ambiente grato y agradable que trasmitía.

Alma Aizpurua Castejón era la unigénita del primogénito, Ramón. Viudo desde que la niña tenía cuatro años de edad. Actualmente tenía nueve.
Sus lugares favoritos para jugar eran el enorme patio interior de la casa de su abuelo y la bodega de la casa, que por su oscuridad y humedad le confería una atmósfera de misterio. Hacía que internarse en aquel lugar lúgubre le resultara una aventura. Era feliz en aquella casa.

La niña Alma desconocía que, en próximos acontecimientos, cambiarían algunos aspectos de su carácter, sus gustos, aficiones y, sobre todo, la felicidad de vivir con su abuelo en aquella casa. Iba a experimentar recuerdos que no le pertenecía; sueños e inquietudes para las cuales había muchas teorías pero pocas respuestas claras y efectivas. Pero todavía no sabía nada de esto. No era predecible. Tampoco para los adultos que le rodeaban.

Georgina Vall Miquel era más grande por dentro que por fuera. Bajo la dirección de Ramón Aizpurua, padre e hijo, hacía la labor que Cristina Castejón no pudo realizar al fallecer tan joven. No sólo cuidaba de Alma. Su dedicación y pasión se orientaban a la formación integral de la niña. La vocación y comportamiento eran tan maternales que sustituía perfectamente la labor, no sólo de Cristina, sino de Ramón, el padre de Alma.
Llevaba más de veinte años trabajando en la casa de la familia Aizpurua. Había cuidado de Ramón hijo y de sus hermanos, haciendo la labor de Carmen la madre de éstos, que había decidido abandonar la casa, la familia y los hijos. En los lugares de encuentro, donde se reunía los vecinos de Ciutat Vella para hablar de lo divino y lo humano, se decía que lo había hecho al descubrir que Ramón Aizpurua Casaviella era un hombre malvado, miembro de una extraña, oscura y secreta asociación. Otra versión menos extendida y más reciente decía que se había fugado a Francia con un médico de Sant Pol de Mar. Fuera cual fuera la realidad, lo cierto era que Georgina Vall Miquel se había convertido en madre, abuela y amiga de la niña Alma.
Georgina era delgada, vital y alegre en todas sus facetas y actividades. Su peinado era cambiante, siempre actual. Sin pretender aparentar una jovencita, vestía alegre y dinámica. Unas veces totalmente sport y otras veces con una elegancia impactante. Se decía que Alma se parecía físicamente a su fallecida madre, Cristina; y que en su carácter se parecía a su abuela Carmen. Pero no era cierto. En el carácter se parecía, cada vez más, a Georgina; tierna, amable y con una inteligencia vivaz.

La ternura con que Georgina cuidaba y educaba a la niña Alma, hacía que su crecimiento físico y emocional fuese saludable. Un trato amable, una caricia, un guiño o un beso eran sembrados con constancia en la experiencia vital de cada día. Estos elementos harían, en un futuro no muy lejano, cuando negras sombras rodearían a Alma Aizpurua, que volviese ésta a la alegría, vitalidad e inteligencia que le caracterizaban actualmente.
Los movimientos de Georgina en la dirección de la casa y en la cocina eran precisos, seguros y armoniosos. Tenían una belleza que hipnotizaba, como si todos ellos fuesen diseñados con anterioridad por un coreógrafo. Para ella organizar y dirigir aquella casa y la educación de Alma era prácticamente arte.


Aquel sonido musical indicaba que alguien llamaba a la puerta principal de la casa, en la calle Bonsuccés. Georgina abrió la puerta y se encontró una buena amiga de la familia.
La doctora Olatz no había notado el cansancio mientras operaba, pero en este preciso instante, después de doce horas de trabajo, extraer los órganos del donante y volver a operar de nuevo al receptor comenzaba a sentir todos los síntomas habituales. Cuando se había levantado a las siete de la mañana sabía que sería un día intenso. Siempre lo era. Como cirujana cardíaca pediátrica había sido avisada por la coordinadora y el día se había convertido en un constante correr, coordinar y tomar decisiones. Pura adrenalina. La doctora Olatz tenía la habilidad de aumentar su concentración con sólo entrar en la zona aséptica que alberga los quirófanos. Allí, después de tantas horas, nunca sabía si era de día o de noche, perdía la noción del tiempo. Era adicta a ese entorno; irreal y frío, pero lleno de precisión y protocolo.

- Ramón, he recibido tu mensaje - lo dijo en tono cálido, no en vano tenía con el dueño de aquella casa una relación cercana y llena de intereses mutuos, coincidentes.
- Debes de estar cansada. En el hospital me han dicho que has estado catorce horas en el quirófano.
- Realmente doce. Tengo dolor en las piernas y las cervicales. Muchas horas en tensión.
- Te agradezco que respondieras a mi mensaje e invitación.
- Ramón, no podía ser de otra manera. Sabes de mi aprecio por vuestra familia. Y tratándose de Alma, no quería dejarlo para mañana.
El abuelo esta inquieto. Entraron el la habitación donde tenía instalado su despacho privado. Sabía que la doctora Olatz tenía noticias importantes sobre la salud de su nieta. Siempre había asociado las cardiopatías con gente mayor, obesa o fumadora. Tampoco tenía conocimiento de un historial de enfermedades cardiacas en la familia.
- Ramón, primero quiero decirte que las enfermedades cardíacas en los niños son curables. Afortunadamente Alma lleva una vida saludable, tanto física como emocionalmente; esto es un aspecto positivo que va a ayudarnos. Hemos detectado a tiempo la cardiomiopatía y tiene solución. Es un defecto severo, pero se pueden realizar cirugías para que con una nuevo corazón sano, funcione de forma apropiada.
- Por favor, Olatz, en un idioma que yo pueda entenderlo.
- Discúlpame. Lo que trato de explicar es que Alma tiene una enfermedad del músculo del corazón que hace que el órgano pierda su capacidad para bombear sangre con eficiencia.
- Entonces ¿qué recomiendas?
- Un trasplante. Reemplazar el corazón enfermo por uno sano, de otro niño. Creo que Alma no podrá vivir, a medio plazo, con una disfunción tan grave.

Ramón Aizpurua Casaviella apretó la empuñadura de plata maciza de su bastón. Sobre el criterio, la profesionalidad y el consejo profesional de la doctora Olatz no tenía la menor duda. Y sobre luchar contra la adversidad ya estaba curtido y avezado.
- ¿De dónde provienen los órganos trasplantados - preguntó.

La doctora Olatz estaba desprevenida. Habitualmente los familiares con los que solía tratar este tipo de noticias no tenían una determinación tan acentuada. Era evidente que Ramón era un hombre acostumbrado a tomar resoluciones de forma pragmática. Ni un instante de negación, ni un poco de negociación. Había tomado la decisión de salvar a su querida Alma, era evidente. Era un hombre con valor y firmeza.
- Los corazones trasplantados - continuó la doctora Olatz- provienen de donantes. En el caso de los niños son sus padres que acceden a la donación. Esto sucede, claro, cuando el donante debido a un accidente, una lesión o una enfermedad, no va ha sobrevivir.
- ¿Qué hay que hacer para que mi nieta sea candidata a para un trasplante?
- Necesitamos hacer una evaluación más extensa, varios exámenes. Se trata de evaluar el grado de prioridad para realizar el trasplante.
- Olatz, haz todo lo necesario para salvar a mi nieta. Lo que sea.

La doctora levantó el mentón, como aquel que acata una orden suprema. Se despidió de Ramón Aizpurua y le prometió que le mantendría informado de todas sus gestiones y del avance de éstas.

sábado 27 de junio de 2009

CAPITULO 1: LA SEMILLA

Podría haberle sucedido a cualquier otra familia. La nuestra no era nada especial; una de tantas que vivía en la marea humana de Barcelona; no éramos más que una parte diminuta, menuda. Pero una vez más la injusticia más cruel nos había azotado. En nuestra historia familiar habían sucedido hechos continuados de iniquidad que se había reproducido, de alguna manera, durante generaciones. Parecía que nos encontrábamos ante un misterio. Cualquiera hubiese dicho que nos perseguía una maldición; aunque esto no me consolaba. Lo cierto era que el juicio había acabado y yo no podía desprenderme de cierto grado de frustración.

Sentía que muchos intentaban manipularme; pero jamás lo iban a conseguir. Alguien había estado manoseando toda la información, así como el juicio. Era una maraña de mensajes contradictorios. No estoy muy seguro de lo que había estado esperando; tal vez, simplemente justicia.

Demasiada basura y demasiados comensales adictos a la mugre y a la roña. Parece increíble, pero descubrí que hay personas que son incondicionales comedores de cualquier inmundicia, con tal de beneficiarse y lucrarse. Pero todavía me quedaba mucho por hacer; tenía mucho que decir e iba a hacerlo. No tenía prisa; no me amedrentaban las amenazas veladas ni los insultos. Mi voz no se iba a callar. La desaparición, secuestro y posterior asesinato de mi hijo me motivaba lo suficiente. No tenía nada que perder. El autor intelectual era una incógnita que yo estaba dispuesto a despejar. El desprestigio no era un asunto que me inquietara; mi seguridad personal sólo era cuidada porque sentía el deber de llegar hasta el final. Me había cambiado de domicilio.

La última mañana me había despedido de él con un beso, como siempre. Una sonrisa, un gesto con la mano y todavía sigo esperándole. Era un miércoles cualquiera por la mañana. Nadie esperaba nada anormal. Nadie vio ni oyó ninguna cosa. Realmente no se podía ver. Pero alguien ya había tramado el suceso más terrible de mi vida: acabar con la vida de mi hijo y llevarme a la temible situación de dejar de ser feliz. Pero ese personaje era, en ese momento, invisible. No se podía profetizar lo que estaba a punto de comenzar; lo que realmente ya había, en la oscuridad, comenzado.

Yo no era el hombre más honesto, ni el más piadoso. Pero era un hombre valiente (tal como se dijo del Capitán Alatriste). Y una semilla de bravura ya estaba creciendo en mi corazón. Tanta ignominia, tanta infamia, comenzaba a degradar una parte de mi, mientras otra se revitalizaba. Cada noche era como un morir, necesario para mantener cierto grado de cordura. Y cada mañana era resurgir para dejar que la semilla creciese dentro de mí.
Se estaba estructurando en mi mente y tenía el designio de expandirse, propagarse. No era para sufrir en la oscuridad y la soledad. Estaba madurando otro tipo de vida. El momento óptimo había llegado y sólo me quedaba un poco de luz para desear que el resultado fuese deseable, que fuese una compensación de lo sustraído. La siembra ya estaba hecha y la cosecha a punto de hacerse. Todo comenzaba de nuevo; no era la continuación.

Me decían que no era algo real. Mi buen amigo Anxo, gallego como su nombre indica, me comentaba constantemente:

- Es sólo una percepción, Oriol, totalmente infundada. Y por otro lado es lógico que cualquier señal la interpretes de forma catastrófica. Estás trastornado por todos los hechos, las presiones, las amenazas y por el estrés añadido en el juicio ante alguien que, tan fríamente, se declara inocente, que no tiene nada de que arrepentirse y satisfecho de lo que hizo.

Después de la vivencia de los últimos meses, ya no podía descartar la posibilidad de estar enfermo. Sentía los síntomas, leves pero constantes. En mi espíritu era un hipocondríaco. Mi neurosis me llevaba por un camino de inestabilidad que me hacía pensar que estaba, permanentemente, en una de esas atracciones de feria que llamamos montaña rusa. Estaba viviendo una psicología mórbida, enfermiza.

- Se que la mente tiene sus imperfecciones y deterioros – contesté, como continuando la conversación. Departir con Anxo era una de las exquisiteces de las que podía disfrutar sin sentir que me apartaba del nuevo objetivo que se estaba generando en mí. Él siempre ha sido un interlocutor de extraordinaria calidad – El espíritu humano no puede sustraerse del padecimiento. Y yo estoy seguro que tengo una herencia patológica.

Anxo me observaba con aquella paciencia y cariño que sólo él sabia derramar sobre nuestra relación. Hacía veinte años que nos unía una estrecha amistad. Aquel gesto suyo entre solaz y cansado era natural, no pretendía ser provocativo.

- Una herencia que se trasmite de generación en generación en mi familia – lo dije con pesar.

- Oriol, tu eres de naturaleza positiva. Tal vez necesitas tiempo para organizar de nuevo tu mente y ser capaz de ser objetivo. He visto como, en otras ocasiones, te has levantado. Cuando las chispas te han alcanzado e incendiado todo a tu alrededor, has sido capaz de renacer de las cenizas.

- Pero en esta ocasión – contesté - puedo percibir que hay algo diferente en mí. La naturaleza moral también tiene sus monstruosidades.

- Sobre la influencia que hechos terribles puedan tener sobre el funcionamiento intelectual hay mucho escrito y probado. Todos nacemos con diátesis morales. Pero al oírte, más bien me parece, que estoy oyendo disertar sobre la teoría de la conspiración. No te predispongas para el deterioro y el desastre. Permíteme acompañarte durante este desbordamiento de dolor. No importa el tiempo que dure. Prometo estar callado, si lo deseas. Sólo quiero ser un compañero en el camino.

Anxo Saíñas Carballo tenía el pelo de color castaño claro, manteniendo un peinado con rasgos de eterna juventud. Su tono de voz tenía matices de sensatez y cordura. Sabía modular bien su tono de manera que, aunque firme, era amable y cercano. Todo el conjunto hacía que fuese confiable, armónico. No podía decir que no; y a pesar de sus argumentos lógicos, yo estaba dispuesto a persuadirle con mi teoría sobre una nueva Sinarquía que no tenía nada de utópica ni tampoco socialmente inofensiva.

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Agosto de 1891. Gérard Anaclet Vincent Encausse había nacido en España, concretamente en la ciudad de La Coruña. De padre francés y madre española. A los cuatro años su familia se había trasladado a vivir a París. Allí el joven Gérard Encausse creció siendo conocido en loscírculos esotéricos con el seudónimo Papus. Ahora estaba totalmente implicado con la Orden de los Superiores Desconocidos; y a pesar de tantas y tantas horas dedicadas a estudiar la Cábala, libros esotéricos y paramasónicos, Encausse estaba decidido a finalizar sus estudios en la Universidad de París. Deseaba doctorarse en Medicina. Incluso había comentado con su buen amigo Lucien su pretensión de abrir una clínica en la rue Rodin. Su tesis expondría un tema para él excitante y novedoso, la Anatomía Filosófica.

La Orden de los Superiores Desconocidos era una orden Martinista y él, Gérard Anaclet Vincent Encausse, tenía los documentos originales del fundador Martínez de Pasqually. Fue en aquellos cálidos días que conoció a Albert Piñol Montañó, Agnès Roca Segura y Oriol Roca i Muntaner. Los tres vivían en Barcelona y estaban en París por razones de negocios, mundo al que estaban dedicados por destinación familiar.
Gérard Encausse y Albert Piñol establecieron amistad rápidamente. Este último de salud frágil, manifestaba la necesidad obsesiva de ser el mejor. Para Albert era una experiencia dramática no ser el primero en todo. Sus más allegados ya habían podido observar auténticas explosiones de irritabilidad, hasta el extremo de caer enfermo durante semanas. Albert Piñol era alguien que no sólo deseaba, sino que debía de ganar siempre en todos los terrenos.
El motivo de tan buena comunicación y entendimiento entre Encausse y Piñol era que éste tenía un interés ardiente en todo lo relacionado con las corrientes masónicas y ocultista de su tiempo. Muy propio de él dada su inquietud y sensibilidad. Enseguida, por impulso, se unió a Papus en la orden Martinista y en todos sus anexos. Sin embargo el carácter inestable de Piñol, pronto le llevaría a separarse de la línea de Encausse, calificándola de patraña e imitación. En aquella época Albert se casa con Agnès Roca Segura, contra la voluntad del amigo y primo de ésta, Oriol Roca i Muntaner. También se escora hacia el satanismo, seguro de que en la historia de Lucifer está amañada, llena de contradicciones e intereses. Albert toma la decisión de descubrir, relatar, divulgar la verdadera narración y conocimiento de aquellos sucesos.

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Anxo Saíñas miraba el fondo de su taza de café como si en ella se ocultasen las respuestas que tanto anhelaba ofrecerme. Hacía pocas semanas que el juicio había terminado y él todavía tenía que hacer grandes esfuerzos para controlar los ataques de rabia que le asaltaban regularmente. No estaba seguro, pero comenzaba a pensar, al igual que había hecho yo desde el principio, que necesitaría de toda la potencia de esos arrebatos. A pesar de su tradicional filosofía de lluvia y calma, había asistido con ira contenida al enfriamiento del interés general por descubrir lo que nosotros denominábamos como la verdad. Al mismo tiempo, al igual que yo, presenciaba como las promesas de justicia y realidad se desvanecía. Aún así resultaba ser un buen compañero en este tortuoso viaje que yo había emprendido, y en el que él se había impuesto estar por un ideario de sincera fidelidad personal.

Dio otra vuelta a la jícara, se giró dando la espalda a la ventana y observó la habitación en su conjunto intentando al mismo tiempo que su sonrisa fuera lo más sincera posible. Volvió a mirar en lo profundo de aquel pocillo y retiró apresuradamente la mirada tal vez por temor de que fuese éste el que mirase en su interior.

- Oriol – dijo con voz suave, como permaneciendo en una dimensión contemplativa – Si pudiese estar cara a cara con el verdugo de Pol me gustaría tener la fuerza y el furor suficientes para decirle que incluso una vida, tan vil, tan rastrera e indigna como la suya merece vivirse.

- Creo que yo – le dije con cierto reparo – sería algo más violento. Pero supongo que tienes razón, desde un punto de vista más cósmico. Claro que para algunas civilizaciones antiguas, la violencia tenía un carácter sagrado. Vivo en la permanente duda de si confiar en ella o no. La historia de las civilizaciones lleva la marca de la violencia. No es posible hablar de ninguna de ellas sin hablar de la fuerza en la historia.

- Entiendo lo que me dices, pero no vence el más violento, sino el más perseverante. – Anxo lo dijo con dulzura, pero con voz firme.

- Te veo convencido – respondí – pero ¿no es la fuerza y la violencia una medida de emergencia temporal para corregir desequilibrios? ¿Cuándo la violencia es justa y cuándo es injusta?
Anxo hizo un gesto con los hombros. Se aferró a uno de los apoyabrazos del sillón porque notaba que empezaba a temblar. No sabía que responder exactamente y el conflicto interno comenzaba a bullir de nuevo. Tampoco era fácil para él. Su afecto y ternura por Pol y apego por nuestra familia eran fuertes, le estaba haciendo sufrir. Estuvo a punto de decir algo, pero se lo tragó junto con la saliva. Finalmente argumentó.

- A la larga los violentos son alcanzados por la propia violencia. Nuestras furias delatan la debilidad interna que padecemos. De ahí que encuentra el campo abonado en momentos de crisis y anarquía.
- La verdad y la justicia –continuó- no pueden adelantarse ni acelerar su llegada por medio de la violencia.

Yo escuchaba con atención. Modulé la voz.

- Amigo, me alegra tenerte cerca en estos momentos.

Decidí no decir nada más. No tenía fuerzas para expresarme. Tal vez no quería. Además dentro de mí sólo había una semilla. Desconocía sus frutos y no era el momento para defender aquello que realmente desconocía todavía. Ya llegaría el momento de argumentar solidamente y de replicar con evidencias razonables y verosímiles.
Anxo no merecía ser víctima de mis excesos. Además el café se había acabado y aquel agujero sin fondo ya no podía mirar más en nuestro interior. No debía de excederme; alterarse endurece las arterias y en general es malo para la salud. Debíamos de cuidarnos.
Salí por un momento de la habitación y me quedé en el pasillo por un momento, hecho un lío. Aquellos debates me agotaban. Dejé en la cocina las tazas de café vacías y sonó e teléfono. Descolgué el inalámbrico y la voz que sonó al otro lado me sorprendió, por tosca y desagradable. También aquel acento me resultaba ajeno.

- ¿Oriol Roca Puertas?
- Dígame
- Muy interesantes, sr. Oriol, sus declaraciones en la prensa. Sepa usted que vive en un mundo en el que dominan la fuerza, la coacción y la violencia sanguinaria.

Sentí como la sorpresa de aquella voz, aquel acento y el mensaje se convertía en indignación. Aquel desconocido me agredía de alguna manera. No me decía nada que yo no supiese. Pero eran como golpecitos molestos e irritantes.

Acomodé el auricular un poco mejor. Me giré para que mi voz no alcanzase a Anxo y respondí.
- ¿Quién es usted? ¿De qué me conoce? ¿Quién le ha dado mi teléfono?
- Sr. Oriol, no podrá con nosotros. Somos fuertes y vamos a destruirle.

Me quedé escuchando el tono del teléfono, atónito. No sabía reaccionar. Caminé lentamente, entré en la habitación donde estaba Anxo con la determinación de no contarle nada sobre aquella llamada.
Era una realidad que tanto Anxo como yo estábamos viviendo es un primitivismo emocional. El peligro radicaba en que la cultura de la sabiduría frente al conocimiento se estaba desmoronando. Teníamos datos, medios, fuerzas y metas. Estábamos perdiendo en el terreno de las actitudes, el pensamiento, la reflexión positiva y la actividad creativa de la toma de decisiones.
Si la sabiduría fuese la capacidad de descubrir y reconocer los sabores. Nuestra experiencia diaria se estaba convirtiendo en algo monótono, sin colorido. Con el triste resultado de un activismo básico, lleno de rencor.
Toda nobleza se estaba desdibujando.